Sacerdotes como Catequistas

Friday, Sep. 03, 2021

Padre Christopher Gray

Párroco de la Iglesia de St. Mary of the Assuption

Como sacerdote, quiero compartir el Evangelio con otros, ya sea a través de la enseñanza o modelando mi vida según la vida de Cristo y sus Apóstoles. Esta es una necesidad personal, basada en el amor.

 Ser sacerdote es más que un trabajo; es una dedicación por toda la vida, una vocación en el más verdadero sentido de la palabra. Cuando alguien responde a este llamado, hace enormes sacrificios por el bien de servir a la Iglesia. Sacrifica una familia. Sacrifica la capacidad de buscar un trabajo bueno. Sacrifica todo su tiempo para que otros tengan acceso a las cosas santas: el Evangelio, los sacramentos, la enseñanza de la Iglesia. Si ser sacerdote fuera simplemente un trabajo, no valdría la pena ofrecer estos sacrificios.

 Los sacerdotes toman estos sacrificios por la misma razón por la que cualquier persona sacrifica cosas: por amor a quién y por qué están haciendo el sacrificio. El sacrificio significa renunciar a las cosas que no queremos renunciar como una verdadera expresión de amor. De la misma manera que los padres sacrifican mucho por sus hijos y Dios sacrificó a su Hijo por nosotros, un sacerdote sacrifica estas cosas por amor a la Iglesia, que es edificada por los fieles. Lo que hace que los sacrificios diarios en la vida de un sacerdote sean significativos es que nuestro amor por nuestro rebaño nos hace desear nuestras responsabilidades y encontrar gozo en nuestros deberes.

 La catequesis es un acto de amor por un sacerdote. Seguimos este camino en la vida porque nos enamoramos de Dios y de su Palabra, y este amor es contagioso. El amor que tenemos por el Evangelio nunca cesa en el corazón de los sacerdotes. De hecho, apenas hay espacio suficiente en nuestros corazones individuales para contener este amor; el deseo de compartir este amor de la Palabra con los demás nace del corazón como una necesidad del ser.

 Los sacerdotes encuentran a Cristo en los sacramentos con mucha frecuencia, y esta es una gracia tremenda. A través de este deber de actuar en la persona de Cristo para nuestro rebaño, nosotros, como sacerdotes, crecemos en nuestra comprensión de Cristo y su misión para su Iglesia. Esta relación con Cristo es cada vez mayor y nos encontramos aprendiendo algo nuevo sobre él todos los días. Al igual que las personas que recibieron los milagros de Jesús, al igual que los discípulos que fueron testi-gos del Cristo resucitado, y al igual que los santos cuyos corazones ardieron por su amor a Cristo, es imposible mantener estas intuiciones diarias sobre el Evangelio como secreto. Esto es lo que nos impulsa a catequizar.

 Hay una razón por la que a un sacerdote se le llama “padre”; tiene los mismos deberes y responsabilidades que tiene otro hombre para su esposa e hijos. Es responsabilidad primordial de los padres ser el primer maestro de sus hijos e instruir a sus hijos de manera que se conviertan en miembros productivos y virtuosos de la sociedad. Los sacerdotes sienten esta misma responsabilidad con nuestro rebaño. Catequizamos por amor tanto a lo que enseñamos como a quienes enseñamos. Deseamos que nuestra gente aprenda a amar el Evangelio de la misma manera que nosotros. Compartir este amor de Dios hace que todos los sacrificios del mundo valgan la pena.

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