Reflexión 14 –El Rito de la Comunión, Parte III

Friday, Jun. 02, 2023
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By Special to the Intermountain Catholic

Nota editorial:  Esta es parte de una serie  de reflexiones sobre la importancia de la Eucaristía y lo que significa ser personas de la Eucaristía. Estas reflexiones son parte del Avivamiento Eucarístico de la Diócesis de Salt Lake City, el cual tuvo comienzo el 19 de junio y concluirá en el mes de julio del 2024, con el Congreso Nacional Eucarístico a realizarse en Indianápolis.

Estas reflexiones han sido diseñadas para ser leídas por un sacerdote, diácono o ministro durante las Misas,  después de la oración posterior a la comunión. Estas aparecerán impresas en este periódico, así como en el sitio diocesano en línea www.dioslc.org. La serie de reflexiones continuarán hasta el mes de junio del 2023 en preparación para el 9 de julio del 2023, día en que se celebrará el Rally Eucarístico Diocesano en el Centro Expositor Mountain América en Sandy.

Mientras nos arrodillamos y el silencio cae sobre la congregación para marcar otro momento solemne de la Misa, el sacerdote nos presenta la Eucaristía diciendo “Éste es el Cordero de Dios... que quita el pecado del mundo”. Lo que el sacerdote nos presenta en este momento es Cristo en su estado más físico. Estamos poniendo los ojos en el Cordero de Dios prefigurado en el Antiguo Testamento, reconocido por Juan el Bautista en el Evangelio, y visto en su plena gloria en el libro del Apocalipsis.

 Las palabras finales del sacerdote durante la revelación de la Hostia son la culminación de toda nuestra existencia: “Dichosos los invitados a la Cena del Señor”. Al presentarse ante nosotros en forma de Eucaristía, Cristo nos permite recibirlo físicamente, pero de tal manera que es una celebración: en forma de comida comunitaria. La Cena del Cordero se refiere a las Bodas del Cordero que aparecen en el Apocalipsis. La Misa, la Eucaristía, y nuestra participación en ella es literalmente una muestra del Cielo.

Nuestra respuesta a esto es recitar las palabras del centurión que se dirigió a Cristo cuando necesitaba que su siervo fuera curado: simplemente no somos dignos de participar en la Eucaristía, pero Dios nos lo permite una vez que hemos pasado por los preparativos adecuados de nuestros corazones, nuestras almas y nuestros cuerpos.

 Todo esto sólo es posible gracias a la Palabra - la Palabra que creó el Universo, la Palabra que estaba con Dios y era Dios, la Palabra que curó al siervo del centurión, y la Palabra que salió de la boca del sacerdote actuando “in persona Christi” que cambió el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Ahora, la comunidad participa en la recepción de la Eucaristía. Este es un regalo tan profundamente serio que es importante que estemos debidamente dispuestos y en estado de gracia para recibirlo. La Iglesia Católica está increíblemente abierta en nuestra celebración litúrgica a aquellos que pueden ser curiosos o nuevos en la fe, pero la Eucaristía no es nuestro regalo para repartir. Por lo tanto, la Eucaristía debe requerir que pasemos por un proceso sincero y activo de perdón y arrepentimiento, de purificación interna y externa, y de una verdadera y sincera creencia en la Presencia Real antes de recibirla.

Cristo se nos ofrece en la Eucaristía, pero, de nuevo, la Misa, y la vida cristiana en general, es un ejercicio de reciprocidad constante: nosotros damos a Dios y Dios nos da a nosotros. La Eucaristía no viene a nosotros, sino que se nos presenta, se nos ofrece y se pone a nuestra disposición, y nosotros a su vez nos ponemos a disposición de Cristo acercándonos al Altar del Señor para recibirla. Si no podemos recibir la Eucaristía físicamente, podemos participar en la recepción de la comunidad rezando a Dios por una Comunión Espiritual.

Después de la distribución de la Eucaristía, el sacerdote continúa sus deberes sacramentales limpiando intencionadamente, con reverencia y oración, los vasos utilizados. La Eucaristía bajo la especie de la Hostia debe ser consumida o colocada en el Tabernáculo. La Eucaristía bajo la especie de la Preciosísima Sangre debe ser consumida en su totalidad. La comunión termina con la oración después de la comunión, en la que el sacerdote pide a Dios en nombre de la congregación que la Eucaristía actúe a través de nosotros y dentro de nosotros mientras nos preparamos para volver al mundo.

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